
Periodista / Puntualizando Digital
SANTO DOMINGO — Jueves, 25 de junio de 2026. La República Dominicana hizo bien y rápido: ante la devastación que dejaron los terremotos en Venezuela, el país despachó un equipo de rescate como parte de la «Operación Quisqueya Solidaria». Es la respuesta que se espera de un pueblo caribeño que conoce, en carne propia, lo que significa la furia de la naturaleza.
Pero la solidaridad con el vecino no debería hacernos olvidar una verdad incómoda: la misma tierra que tembló en Venezuela se mueve también bajo nuestros pies. La República Dominicana se asienta sobre fallas capaces de producir terremotos devastadores, y nuestra preparación sigue siendo, en el mejor de los casos, insuficiente.
Enviar rescatistas a Caracas es noble y necesario; pero el verdadero homenaje a las víctimas sería volver la mirada a casa y exigir lo que tantas veces hemos postergado: construcciones que cumplan los códigos sísmicos, escuelas y hospitales que no se derrumben, simulacros que dejen de ser un trámite y una cultura ciudadana de prevención que empiece en las aulas.
La tragedia ajena debe ser una advertencia, no apenas una ocasión para la compasión. Porque cuando el suelo tiembla, no hay discurso ni ayuda externa que reemplace a una casa bien construida. La solidaridad de verdad empieza por prepararse para no tener que necesitarla.