BUDAPEST — 12 de abril, 2026. Hungría cerró este domingo una era de 16 años. El líder opositor Péter Magyar y su partido Tisza obtuvieron una victoria aplastante en las elecciones parlamentarias, con el 53.6% de los votos y una proyección de 138 escaños en el parlamento de 199 asientos — suficientes para alcanzar la supermayoría de dos tercios que le permitirá enmendar la Constitución y desmantelar el sistema construido por Viktor Orbán durante más de década y media en el poder.
Orbán reconoció la derrota en la sede de su partido Fidesz, con un discurso en el que dijo que el resultado «es doloroso», pero que fue «claro». Fidesz obtuvo apenas 55 escaños, quedando reducido a una minoría parlamentaria sin precedentes en la historia reciente del país. La participación fue histórica: más del 77% de los electores húngaros acudieron a las urnas, la cifra más alta desde la caída del comunismo en 1989.
Magyar, abogado y exesposo de la ex ministra de Justicia del propio gobierno de Orbán, emergió en la escena política húngara apenas hace dos años con un discurso de centroderecha proeuropeo y anticorrupción que logró lo que ninguna oposición había podido antes: unificar al electorado descontento. Su victoria no es solo política — es un mensaje directo a Bruselas y a Washington: Hungría regresa al redil de las democracias liberales europeas.
La supermayoría obtenida le otorga a Magyar un poder extraordinario. Podrá reformar la Constitución, revertir las leyes que Orbán usó para controlar el poder judicial, los medios de comunicación estatales y las empresas públicas, y realinear la política exterior húngara con la Unión Europea y la OTAN, de las que Orbán se había distanciado progresivamente. La UE y líderes de toda Europa reaccionaron con entusiasmo ante los resultados. Para muchos analistas, la caída de Orbán es el fin simbólico de la ola del populismo nacionalista que sacudió al continente en la última década.
