
Periodista / Puntualizando Digital
Cada verano llega con un titular que ya deberíamos habernos aprendido de memoria: un nuevo récord de calor. Este año le tocó a Europa occidental, que acaba de vivir su junio más caluroso desde que existen registros. Y sin embargo, seguimos leyendo estas noticias como si hablaran de un futuro lejano, cuando en realidad describen el presente.
El planeta ya no nos avisa: nos grita. Lo hace con incendios que arrasan bosques en el sur de Europa, con sequías que agrietan la tierra y encarecen los alimentos, con noches en las que el termómetro no baja y en las que los más vulnerables —niños, ancianos, enfermos— llevan la peor parte. No es una postal apocalíptica; es el mundo de hoy, el mismo en el que vivimos todos, sin importar el país en el que hayamos nacido.
Lo más frustrante es que conocemos las causas y también las soluciones. Sabemos que hay que acelerar la transición hacia energías limpias, proteger los bosques, repensar cómo producimos y consumimos, y preparar a las ciudades para un clima más extremo. Lo que falta no es diagnóstico, sino voluntad: la de los gobiernos que posponen decisiones incómodas y la de una sociedad que se acostumbra demasiado rápido a cada nuevo récord.
El cambio climático dejó de ser un tema de científicos y activistas para convertirse en un asunto de todos. Nos afecta en el bolsillo, en la salud y en la manera en que viviremos las próximas décadas. Ignorarlo un año más no lo hará desaparecer; solo hará más caro y más doloroso el momento en que, por fin, decidamos actuar. Ojalá no esperemos a que el próximo récord sea imposible de soportar.