
Una porción de mango aporta cerca de la mitad de la vitamina C que el cuerpo necesita al día, además de vitamina A, vitamina B6, folato, cobre y fibra. Ese conjunto sostiene el sistema inmunológico, contribuye a la salud de la piel y participa en funciones cognitivas y en la cicatrización de heridas.
La fruta destaca también por sus antioxidantes: los carotenoides —responsables de su color— y los polifenoles, entre ellos la mangiferina, un compuesto que se encuentra sobre todo en el mango. Investigaciones de la Universidad de Texas A&M hallaron que la combinación de fibra y polifenoles del mango resultó más eficaz para aliviar el estreñimiento y reducir la inflamación intestinal que una cantidad equivalente de fibra sola.
Su fibra, junto al potasio y las vitaminas, ayuda a cuidar el corazón, y esa misma fibra prolonga la sensación de saciedad, un punto a favor para quienes vigilan su peso. Conviene, eso sí, la mesura: el mango es dulce y aporta azúcares naturales, por lo que las personas con diabetes o que controlan las calorías deben moderar las porciones.
En un país donde el mango es casi un símbolo del verano, aprovechar su temporada es también una forma sencilla y sabrosa de comer mejor: fresco, en trozos, en batidos o en ensaladas, sigue siendo uno de los mejores regalos de la naturaleza tropical.