El juicio por el desplome del Jet Set se reanuda mañana viernes en el Palacio de Justicia de Ciudad Nueva. Antes de esa audiencia quedó sobre la mesa un dato que trasciende el expediente: según el peritaje presentado por los ingenieros que examinaron la estructura, el peso propio de aquel techo pasó de unas 160 libras por metro cuadrado, las previstas en el diseño original, a más de 650. Cuatro capas de fino, equipos de climatización, tanques, casetas. Nada de eso llegó en un solo día.
La responsabilidad penal la determinará el tribunal y no corresponde adelantarla aquí. Pero el país sí puede extraer desde ahora una lección técnica, que es de todos: las cargas se acumulan de manera invisible, remodelación tras remodelación, sin que nadie vuelva a calcular si la estructura resiste lo que se le ha ido poniendo encima. Cuando alguien lo pregunta, casi siempre es demasiado tarde.
Lo que corresponde hacer aquí es concreto y no requiere una ley nueva para empezar. Que toda remodelación que agregue peso a un techo pase por revisión estructural firmada. Que los ayuntamientos exijan ese cálculo antes de autorizar. Que los locales de aforo alto —discotecas, salones, iglesias, centros escolares— tengan inspección periódica y no solo el día que abren. Y que todo quede documentado, para que el próximo propietario sepa qué hay sobre la cabeza de su gente.
Nada de eso es caro comparado con lo que costó aprenderlo. La memoria de una tragedia se honra con expedientes y con inspecciones, no con discursos.





