El memorando que detuvo la guerra entre Estados Unidos e Irán expira hoy sin que nadie haya firmado nada mejor. Sesenta días después de Islamabad, el estrecho de Ormuz sigue cerrado, las dos partes se acusan mutuamente de incumplir y por esa garganta de mar —por donde pasa una quinta parte del petróleo y el gas del mundo— apenas cruzan hoy trece barcos, cuando antes pasaban ciento veinte cada día.
Conviene decirlo sin rodeos: ese pulso lejano se paga en todas partes. La República Dominicana importa prácticamente todo el combustible que consume. Cada dólar que sube el barril se traduce, tarde o temprano, en el precio del pasaje, del pollo, de la luz y de la canasta familiar. No hacen falta misiles en el Caribe para que una guerra en el Golfo Pérsico entre a las casas dominicanas: basta con que el Estrecho permanezca cerrado.
La comunidad internacional ha reaccionado con una mezcla de fatiga y resignación, como si el bloqueo de una ruta vital fuera ya parte del paisaje. No lo es. Las reservas mundiales se agotan, los márgenes de refinación están en máximos históricos y las economías pequeñas, sin capacidad de negociar ni de subsidiar indefinidamente, son las primeras en sentir el golpe.
De este lado del mundo, lo responsable es prepararse en lugar de esperar. Sostener el subsidio no puede ser la única política energética de un país insular: hace falta acelerar en serio las renovables, cuidar las reservas y hablarle claro a la gente sobre lo que viene. Y hace falta, también, que la diplomacia regional levante la voz. Que un puñado de barcos deje de cruzar un estrecho a diez mil kilómetros no es un asunto ajeno: es, para naciones como la nuestra, una cuestión de supervivencia económica.





