En medio de guerras, turbulencias globales y el ruido incesante de las redes sociales, la Semana Mayor llega este año como una invitación urgente a detenerse, a mirar hacia adentro y a recuperar lo esencial.
Hay semanas en el calendario que nos recuerdan que no todo es urgencia. Que no todo es notificación, titular de último minuto o discurso político. La Semana Santa es, para millones de dominicanos y para buena parte del mundo cristiano, uno de esos tiempos distintos: una pausa consagrada por siglos en la que el alma tiene permiso —y casi obligación— de recogerse.
Este año, esa pausa llega cargada de contexto. El mundo vive uno de sus momentos más convulsos en décadas. Una guerra en Oriente Medio que ya cumple más de un mes y ha dejado miles de muertos. Tensiones geopolíticas que amenazan el orden económico global. Una sociedad dominicana que, como tantas otras, corre sin parar entre facturas que subieron, combustibles que no bajan y noticias de alzas de los precios de los alimentos.
La Semana Santa es un tiempo oportuno para la reflexión, para el cambio, es ideal para resucitar las buenas causas y lo mejor de cada ser humano.
