
Esta semana, el periódico El Nacional apagó su rotativa. Después de casi sesenta años imprimiendo la actualidad dominicana —desde aquel 1966 en que lo fundó Rafael Molina Morillo—, el último vespertino de papel del país dejó de rodar sus prensas para encender, en su lugar, todas las pantallas. Como directora de un medio que nació ya digital, confieso que la noticia me tocó por partida doble: como periodista y como testigo de una época que se cierra.
No se trata solo de una empresa que cambia de formato. Es el fin de un gesto casi ritual: el olor a tinta, el crujido del papel, el diario doblado bajo el brazo. El Nacional no desaparece, se transforma; pero al silenciar su rotativa pone punto final a un capítulo de la prensa escrita dominicana y confirma, con toda su carga simbólica, una migración que ya era irreversible.
Conviene detenerse en un hombre que vio todo esto venir hace más de medio siglo. El pensador canadiense Marshall McLuhan, en La Galaxia Gutenberg (1962) y en Comprender los medios (1964), anunció que la civilización del papel —la que nació con la imprenta de Gutenberg— sería desplazada por los medios electrónicos. Lo dijo cuando el mundo apenas descubría la televisión y faltaban décadas para internet.
Suya es la frase que hoy suena a profecía cumplida: «el medio es el mensaje». Con ella quería decir que no solo importa lo que comunicamos, sino el soporte que usamos para hacerlo, porque ese soporte moldea nuestra manera de pensar y de vivir. También acuñó la idea de la «aldea global»: un planeta interconectado en tiempo real, donde la información viaja al instante y nos vuelve a todos vecinos. La pantalla que hoy sustituye a la rotativa es, exactamente, esa aldea global que él imaginó.
No pretendo caer en la nostalgia fácil. Lo digital ha democratizado el acceso, ha acelerado la conversación y nos permite llegar, desde una redacción pequeña, a lectores de cualquier rincón del planeta. Pero McLuhan también advertía que cada medio nuevo trae ganancias y pérdidas. Con el papel se va cierta pausa, cierta jerarquía, cierto peso de la firma. El reto del periodismo digital es no confundir velocidad con rigor, ni ruido con información.
Por eso, más que un adiós, el apagón de la rotativa de El Nacional es una invitación a recordar lo esencial: cambia el medio, pero no debería cambiar el oficio. La verdad, la verificación y el respeto al lector no dependen del papel ni de la pantalla, sino de quienes hacemos periodismo. McLuhan tenía razón sobre el continente; de nosotros depende cuidar el contenido.





