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La paz: un compromiso que trasciende banderas

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Milly Contreras, MSc.
Editora en jefe

 

En un mundo marcado por conflictos prolongados, tensiones geopolíticas y divisiones ideológicas, hablar de paz puede parecer un gesto ingenuo o incluso idealista. Sin embargo, lejos de ser un concepto abstracto o una promesa utópica, la paz es una necesidad urgente, práctica y profundamente humana. Es la base sobre la cual puede edificarse el desarrollo, florecer la educación y expandirse la justicia social.

La paz no consiste solamente en la ausencia de disparos o en la firma de un alto al fuego. Es un proceso constante que implica respeto mutuo, tolerancia, diálogo y voluntad política. Es reconocer la dignidad del otro incluso cuando no compartimos su fe, su cultura o su visión del mundo.

En días pasados veía una película de un rescate militar en una zona de conflicto, en el helicóptero iban varios militares y uno de ellos era muy joven, sin experiencia en esas misiones ni en la guerra, mantenían una conversación sobre lo que significa la guerra y uno de ellos dijo, “La guerra se trata de un hombre matando a otro hombre”. Esa explicación del significado de la guerra en tan pocas palabras me caló. Se trata de seres humanos sometiendo a otros seres humanos, para lograr propósitos ambiciosos,

Cada vez que se rompe la paz, sea en una región del Medio Oriente, en un barrio de América Latina o en una comunidad olvidada del Caribe, se rompen también las posibilidades de construir un mañana distinto. Las guerras no solo dejan muertos y desplazados; dejan generaciones enteras marcadas por el odio, el dolor y la desconfianza.

Invertir en la paz es invertir en futuro. Un futuro donde los recursos no se destinen a armamento sino a educación, salud, tecnología y desarrollo sostenible. Donde los jóvenes no aspiren a huir de sus países, sino a transformar sus entornos. Donde las diferencias ideológicas o religiosas no sean motivos de guerra, sino puntos de encuentro y aprendizaje.

Pero la paz no es responsabilidad exclusiva de los gobiernos. También es una tarea de cada ciudadano, de cada institución, de cada medio de comunicación. Comienza en la forma en que nos tratamos, en cómo escuchamos al otro, en cómo gestionamos los desacuerdos. La paz se cultiva en el lenguaje, en la empatía y en la voluntad de convivir.

Cuando los pueblos apuestan por la paz, están decidiendo vivir. Están eligiendo reconstruir, sanar y avanzar. La historia está llena de guerras; es momento de que esté llena de acuerdos, de manos tendidas y de decisiones valientes en favor del entendimiento.

 

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