SANTO DOMINGO — Lunes, 8 de junio de 2026. Cada inicio de temporada ciclónica llega acompañado de un pronóstico de tormentas y huracanes, y este 2026 no es la excepción: trece tormentas con nombre y seis posibles huracanes. La tentación, ante números que se anuncian como «menos activos de lo habitual», es respirar aliviados. Sería un error.
La historia reciente de la República Dominicana enseña una lección incómoda: nuestras peores tragedias no han venido de huracanes categoría cinco, sino de aguaceros que en cuestión de horas convierten calles en ríos y barrios enteros en zonas de desastre. Las inundaciones de noviembre de 2022, las de noviembre de 2023 y las del pasado abril no necesitaron un ciclón para cobrar vidas y arrasar con el patrimonio de miles de familias. Bastó la lluvia, y un país que sigue sin estar preparado para recibirla.
El problema no es meteorológico, es estructural. Cañadas convertidas en vertederos, construcciones levantadas en zonas de alto riesgo, sistemas de drenaje insuficientes y un ordenamiento territorial que durante décadas miró hacia otro lado. Mientras esas deudas sigan pendientes, cada temporada de lluvias será una ruleta en la que apostamos la seguridad de los más vulnerables, que casi siempre son los mismos.
La prevención no puede seguir siendo una reacción de última hora cuando el COE eleva los niveles de alerta. Tiene que ser política de Estado durante los doce meses del año: inversión sostenida en drenaje, fiscalización real de las construcciones, reubicación digna de quienes viven en el cauce del peligro y sistemas de alerta temprana que lleguen a todos. El cielo despejado de estos días, cortesía del polvo del Sahara, es precisamente el momento de actuar. Cuando llegue la lluvia, ya será tarde.
Milly Contreras es directora de Puntualizando Digital.
