
Mientras el mundo observa los movimientos militares y diplomáticos en el Golfo Pérsico, en los hogares dominicanos la guerra ya está llegando — no con bombas, sino con facturas. El cierre intermitente del Estrecho de Ormuz, la subida del barril de petróleo por encima de los 100 dólares y la incertidumbre de los mercados no son noticias lejanas: son el preámbulo de un ajuste económico que la República Dominicana, guste o no, tendrá que absorber.
Que nadie se llame a engaño. Somos un país que importa casi el 100% de sus combustibles. Lo que sucede en el Estrecho de Ormuz no se queda en las pantallas de los noticieros internacionales — se traduce en el precio del gas que llena el tanque del carro, en la factura de luz que ya sentimos alta, en el costo del transporte que encarece todo lo que comemos.
La Mesa Que No Llegó a Nada
Esta semana el presidente Abinader convocó a los sectores productivos a dialogar. Buena señal, tarde quizás. La primera reunión terminó sin anuncios concretos. Los empresarios pidieron medidas. El gobierno repitió lo que ya había dicho. Y el reloj sigue corriendo.
No se trata de hacer política con una crisis. Se trata de urgencia. Si el Estrecho permanece cerrado — o se cierra nuevamente, como ya hizo Irán esta semana en represalia por los ataques en el Líbano — el impacto sobre los precios de los combustibles será brutal y rápido. Y los que menos tienen son siempre los primeros en sentirlo.
El Fantasma de la Estanflación
Leonel Fernández lo dijo sin rodeos: corremos el riesgo de entrar en un escenario de estanflación — inflación alta con crecimiento bajo. No es alarmismo. Es lo que le ha pasado históricamente a las economías importadoras de petróleo cuando los precios se disparan de forma sostenida. La diferencia entre navegar esa tormenta y naufragar en ella está en la velocidad y contundencia de la respuesta del Estado.
El gobierno tiene herramientas: puede activar subsidios focalizados, revisar aranceles temporales, liberar reservas estratégicas. Pero necesita actuar con decisión y transparencia, no con conferencias de prensa que dicen mucho y resuelven poco.
Las negociaciones en Pakistán este fin de semana pueden cambiar el panorama de un día para otro. Si hay acuerdo, el petróleo baja y respiramos. Si no lo hay, la tormenta se acerca. En cualquier caso, un país bien preparado es un país que no improvisa. Y hasta ahora, la preparación que vemos no alcanza.
El precio de la guerra lo pagan los soldados en el frente. Pero también lo paga la señora que llena el tanque de su carro, el chofer del concho, el dueño de la colmado que no puede trasladar el costo a su clientela. Ese es el rostro real de esta crisis. Y merece respuestas reales.