
El fenómeno, iniciado alrededor del 20 de junio, responde a un patrón atmosférico conocido como «bloqueo omega»: un sistema de alta presión que atrapa el aire caliente sobre amplias regiones durante días e impide la entrada de masas de aire frío.
El costo humano es alto. Entre el 24 y el 27 de junio se registraron en Francia cerca de 1,000 fallecimientos por encima de lo habitual, una cifra que las autoridades vinculan al calor extremo; el 85 % de las víctimas superaba los 65 años.
Los científicos son contundentes: una ola de calor de esta magnitud en junio habría sido «prácticamente imposible» hace unas décadas, y señalan que la crisis climática provocada por la actividad humana es «inequívocamente» la responsable de su frecuencia e intensidad crecientes.
El episodio europeo es una advertencia global: los veranos extremos dejan de ser excepción para convertirse en norma, un recordatorio de que la adaptación al cambio climático ya no es una opción a futuro, sino una urgencia del presente.