La convivencia humana, se está volviendo complicada en todas partes. No se trata de un solo país sino de un clima global en el que la violencia se vuelve costumbre, la desconfianza se generaliza y el otro deja de ser un semejante para convertirse en un adversario al que hay que vencer.
Los síntomas están a la vista. Potencias que vuelven a hablar el lenguaje de las bombas; ciudades donde una discusión cualquiera termina en tragedia; agentes que disparan contra jóvenes desarmados; multitudes que celebran un triunfo deportivo destrozando cuanto encuentran a su paso. A ello se suman la polarización que amplifican las redes sociales, el descrédito de las instituciones, la desigualdad que excluye a millones y una cultura del «sálvese quien pueda» que va erosionando, poco a poco, los lazos que sostienen a cualquier comunidad.
La descomposición social es el resultado acumulado de decisiones, de omisiones y de valores que se fueron abandonando. Donde la justicia es lenta o selectiva, la educación se descuida, el discurso público premia el insulto por encima del argumento, el terreno queda abonado para que el tejido social se deshilache.
Reconstruir ese tejido es una tarea larga y de todos. Exige instituciones que funcionen y rindan cuentas, una justicia que no distinga rostros ni apellidos, una educación que forme ciudadanos y no apenas consumidores, y liderazgos que bajen la temperatura en lugar de encenderla. Pero exige, sobre todo, recuperar algo tan elemental como la empatía: la capacidad de mirar al otro y reconocer en él a un igual.
