BRUSELAS, BÉLGICA — Jueves, 18 de junio de 2026. El secretario de Defensa de los Estados Unidos, Pete Hegseth, anunció este jueves en Bruselas una revisión de seis meses sobre la presencia militar estadounidense en Europa y llamó a un relanzamiento de la Alianza Atlántica bajo el concepto de una «OTAN 3.0», en una intervención que generó tensión con los aliados europeos y encendió el debate sobre el futuro del andamiaje de seguridad occidental.
Hegseth indicó que la revisión está diseñada para garantizar que la OTAN avance de manera rápida e irreversible hacia que Europa asuma el liderazgo y la responsabilidad primaria de su propia defensa. El funcionario criticó duramente a los aliados europeos por no haber facilitado el acceso a bases militares en el continente durante el reciente conflicto con Irán para lanzar ataques, calificando esa negativa de «vergonzosa». Señaló además que el Comando Supremo Aliado en Europa, que es estadounidense, ya trabaja en planes de contingencia para defender al continente ante la señal del Pentágono de que no garantizará el despliegue de un portaaviones ni aviones de repostaje aéreo en futuras crisis.
Los aliados de la OTAN respondieron señalando que el gasto en defensa del bloque aumentó el año pasado en 90 mil millones de dólares, un incremento del 20 por ciento respecto a 2024, cifra que evidencia el esfuerzo europeo por asumir mayor carga en materia de seguridad colectiva. El anuncio de Hegseth llega en un momento de reconfiguración global, el mismo día en que Trump firmó un acuerdo de paz con Irán en Versalles, lo que algunos analistas interpretan como un giro estratégico de Washington que busca reducir compromisos militares directos en el exterior y traspasar responsabilidades a sus socios tradicionales.
La propuesta de una «OTAN 3.0» implica, según Hegseth, una alianza en la que Europa financie y dirija su propia defensa convencional mientras Estados Unidos mantiene su paraguas nuclear y capacidades estratégicas. El plazo de seis meses establecido para la revisión mantendrá en vilo a las cancillerías europeas, que deberán negociar con Washington el alcance y las condiciones de la nueva arquitectura de seguridad transatlántica.
